martes, 20 de enero de 2009
MANOLITO MESA, EL DEL HUERTO

Manolito Mesa, “el del Huerto”
Nadie como él vive la Semana Santa tan intensamente... Creo también que nadie como él, es capaz de vivir tan profundamente las cosas de nuestra tierra, sin por ello despertar odios, intrigas o comentarios malintencionados. Verlo bajar por las aceras de la calle Por-vera, es siempre una incógnita. Se va aproximando cadenciosamente, y cuando te tiene a tiro de piedra, ya está hablando por gestos contigo. Siempre es como si estuviera haciendo un imaginario paseíllo, que de eso también sabe bastante; porque sabe y rememora tardes de Rafael en el coso de la calle Circo cuando su mano recorta un imaginario ‘natural’ a media altura; porque sabe de tardes de sedas y azabaches, de carnes morenas, de pañuelos de lunares y mantones de Manila.
Cuando llegan los días previos a la Semana Santa, la sangre le circula a más de mil. Durante todo el año vive, disfruta y siente especialmente nuestra Semana Santa. Pero en estas semanas de la primavera, todo su gozo es vivir. Es como si le hubiera vuelto a nacer una imaginaria flor dentro del corazón que palpita en su cuerpo, y tuviera que regarla con estos sentimientos cofrades.
Va y viene de una iglesia a otra, recorre las calles de la ciudad con la seguridad que a algunos nos falta. Saluda a diestro y siniestro, y entre virgen y Cristo, entre cera e incienso, expresión de lo apolíneo, te suelta que el Xerez Deportivo va empatando fuera -vivencia superiormente dionisíaca-. No sé si se han dado cuenta del detalle, pero nunca Jerez tuvo mejor marcador simultáneo. Y con estas tres pasiones a sus espaldas: cofradías, toros y fútbol, ‘vive’, y es por ello la envidia de muchos.
Pero la Semana Santa y muy especialmente su cofradía de la ‘Oración en el Huerto’ son para él lo más grande. Vedlo en la primera fila de un concierto tarareando para sí los compases de unas marchas que le suenan a música celestial. Vedlo en la entrega de algún reconocimiento en una hermandad, y veréis como el primer y más efusivo aplauso siempre es el suyo. Vedlo en el pregón en el Villamarta, y comprenderéis los nervios del pregonero, porque él mismo los estará viviendo. Por las calles lo veréis con la medalla de su hermandad al cuello. A él es el único que se le debería permitir llevarla puesta por la calle; pero además, si no fuera por el peso, bien podría llevar las otras treinta y tantas restantes, porque todos sabemos que se siente hermano honorario de todas ellas. Vedlo si no. ¿En qué casa de hermandad no ha pisado, o ha sido mal recibido? ¿Dónde no se ha tomado un refresco de naranja o de cola?
Ahora, que la vida le aprieta inmisericordemente, escribo este sincero homenaje, para él y para cuantos como él no tendrán nunca la obligación de intrigar, de estorbar, de reclamar para sí honores que sólo le corresponden a Dios. Aprendamos de él, y de gentes como él, el lenguaje del corazón. De un corazón que lleva años consumiéndose por lo nuestro, de un corazón amable al que la vida le dio más sangre que a ninguno, porque el destino se encargó de que menos sustancia gris corriera por su cabeza. Aprendamos de él, de ‘Manolito Mesa’ o ‘Manolito el del Huerto’, porque nadie como él vive la Semana Santa tan intensamente...
Juan Infantes Sánchez








