martes, 23 de junio de 2009
APENAS SEIS MESES

Artículo de Manuel Romero Bejarano a Manolito Mesa
Reproducimos el artículo que dedicó Manuel Romero Bejarano el pasado domingo a Manolito Mesa.
APENAS SEIS MESES.-
Manuel Romero Bejarano. (Pretérito Perfecto. Diario de Jerez, Domingo 21 de junio de 2009)
- Manolito, ¿y el Cádiz?
- ¡Cádiz, a mamar!
Estabas en todos los fregados. No había una procesión, una corrida de toros, un partido de fútbol ni un concierto donde tú no asistieras. Eras casi como un cargo oficial, una especie de representante del pueblo que sancionaba con su presencia la validez de un acto público. Si Manolito Mesa acudía, era porque Jerez tenía que acudir. Casi como un personaje de cuento, de aspecto inmutable al paso del tiempo, siempre contento, siempre lleno de mataduras. Observador implacable de la ciudad en la que te tocó vivir. Todo quedaba clasificado por Manolito. Un sencillo gesto era la etiqueta por la que nos conocías. El mío era cerrar el puño y llevártelo a la boca, como si tuvieses un micrófono, supongo que por mis andanzas en la tele o por las charlas que he dado (y espero seguir dando) en los Veranos Nazarenos, a los que nunca faltabas. Pero yo no era el único, había montones. Las manos a la espalda identificaban a los hermanos del Prendimiento, la señal de la cruz a los del Santo Crucifijo y cogerse ambas orejas con pulgar e índice de cada mano a quien tú y yo sabemos ...
La felicidad andante. El único que había sobrevivido a la Matanza de los Inocentes. El milagro de la calle Escuelas. La sonrisa perpetua. El devoto más devoto. El nazareno modelo. La primera papeleta de sitio. El xerecista más xerecista. El Je¬rez Eterno.
Un día me enteré de que estabas malo, de que ibas a morir. No era posible, no era creíble. A fuerza de verte año tras año llegué a tener la certeza de que eras como los naranjos de la Corredera, como los muros del Alcázar. Manolito siempre había estado ahí. Siempre estaría ahí. Pero la delgadez galopante Y tus ausencias cada vez más prolongadas fueronanunciando el final, hasta que un día de enero supe que te habías marchado. Y sólo, me fui a tu entierro. Manolito, te hubiese en-cantado tu funeral, digno de un príncipe. Arzobispo castrense, alcaldesa, concejales, abrigos de pieles, la Unión de Hermandades, Santo Domingo hasta la puerta, el féretro entre hachones y contemplado de cerca por tu Señor y tu Virgen, aplausos... La última fiesta del señor Mesa.
Manolito, apenas seis meses.
No sabes lo que me acordé de ti el sábado pasado, cuando la marabunta rugía pintada de azul y blanco. Te vi otra vez llegar al bar del Fili repitendo lo que llegó a convertirse en un rito. Tú te acercabas, marca¬bas con los dedos el resultado del último partido, señalabas el llavero del Xerez que llevabas colgado y con la mano hacías un gesto hacia arriba. Alguno de nosotros te preguntaba por el Cádiz y como podías, pronunciabas siempre las mismas palabras: ¡Cádiz, a mamar!
Me gustaría creer a los que dicen que estás al lado del Señor de la Oración en el Huerto y que viste el partido mejor que en tribuna vip. Aunque estoy seguro de que estás en el mejor de los sitios posibles. Pero, te contaré un secreto. A mí me hubiese encantado tenerte aquí por lo menos seis meses más. No sabes lo que hubiese disfrutado si te hubiese visto hace una semana dando botes en Chapín, abrazando a todos por las calles llenas de banderas. Años esperando y la Parca nos la jugó a todos. Seis meses, Manolito y hubieras ascendido a Primera División.








